Fue en una lejana y nítida noche de abril, un día de sangre y fuego. Habían sucumbido varios compañeros y la represión, tarde, muy tarde, entregaba a las familias los cuerpos de los caídos. Las Fuerzas Conjuntas actuaron como lo que eran, y en lo que quiso ser una mofa cruel, distribuyeron en los hogares enlutados los cuerpos cambiados.
Las madres recorrían casa tras casa, y en ese triste peregrinar se cruzaron dos en un abrazo. Entonces, escuché lo que entre lágrimas una dijo a la otra:
“Qué importa, señora, mi hijo en su casa y el suyo en la mía. No. No importa. ¡Todos son nuestros hijos!
Esa frase aún arde. Y arde en una misma llama la idea y el sentimiento. “Todos son nuestros hijos”. Los que cayeron en las manifestaciones estudiantiles y en las aguerridas huelgas, los que cayeron con el índice crispado en la acción bravía y los que ahogaron el último grito respondiendo con silencio a la tortura.
Todos son nuestros hijos.
Los que izaron banderas rojas, los frenteamplistas, los anarcos de fierro, los miristas, los blancos de Aparicio, los batllistas de ley y los que hicieron flamear en sus corazones una estrella.