En una de las visitas a Henry, lo encontré muy mal. Uno no sabía cuál mecanismo de tortura le habían aplicado ... pero podía imaginarlo. En la jaula donde lo colocaban para la visita, a través del tejido mosquitero con que nos trataban de impedir vernos, él permanecía callado, con los ojos bajos. Refrenando la angustia yo comencé a hablarle de mi hija, esa pequeñita que, sin comprender nada, esperaba con su papá en el borde del cuartel; en el borde del abismo del infierno. De pronto, una chispa de alegría le brotó de las pupilas y me preguntó qué canciones le cantaba yo a Micaela. Arriesgando a perder la visita, porque hasta la música estaba prohibida, comencé a cantarle, despacito: Osías el osito en mameluco, paseaba por la calle Chacabuco ... quiero un cielo bien celeste aunque me cueste, de verdad, no cielo de postal ... Entonces, afirmó: algún día tenemos que cantar juntos. Y prendidos de esa esperanza tan lejana, fuimos después tejiendo caminos, visita tras visita, cuartel tras cuartel, tiempo tras tiempo, trascendiendo rejas, botas, fusiles y aferrados a un plan y una fantasía. Tras años de imaginarlo, por fin lo pudimos hacer de la mano de Raúl Sendic. Porque ... tanto al fin como al principio, todo es plan y fantasía.
Chau (Mauricio Rosencof) Voz: Mauricio Rosencof
Todos los septiembres (Mauricio Rosencof) Voz: Mauricio Rosencof
Todo es plan y fantasía (Letra y música Raúl Sendic)
Cuando las mujeres estábamos atadas a los latigazos de la dictadura y nuestros hombres penaban en las cárceles, la música nos mantenía juntos a pesar de la distancia. Ellos, en su gran mayoría, habían sido uniformados en grises mamelucos, habían perdido sus nombres para convertirse en números y habían sido rapados. Nosotras, brujas tejedoras de esperanza, por entonces, nos negábamos al olvido.
Fue en una lejana y nítida noche de abril, un día de sangre y fuego. Habían sucumbido varios compañeros y la represión, tarde, muy tarde, entregaba a las familias los cuerpos de los caídos. Las Fuerzas Conjuntas actuaron como lo que eran, y en lo que quiso ser una mofa cruel, distribuyeron en los hogares enlutados los cuerpos cambiados.
Las madres recorrían casa tras casa, y en ese triste peregrinar se cruzaron dos en un abrazo. Entonces, escuché lo que entre lágrimas una dijo a la otra:
“Qué importa, señora, mi hijo en su casa y el suyo en la mía. No. No importa. ¡Todos son nuestros hijos!
Esa frase aún arde. Y arde en una misma llama la idea y el sentimiento. “Todos son nuestros hijos”. Los que cayeron en las manifestaciones estudiantiles y en las aguerridas huelgas, los que cayeron con el índice crispado en la acción bravía y los que ahogaron el último grito respondiendo con silencio a la tortura.
Todos son nuestros hijos.
Los que izaron banderas rojas, los frenteamplistas, los anarcos de fierro, los miristas, los blancos de Aparicio, los batllistas de ley y los que hicieron flamear en sus corazones una estrella.